jueves, 28 de enero de 2010

El cuento número trece

Desde la primera página, El cuento número trece resalta por sus bien escogidas palabras, y por sus brillantes oraciones. Es un libro de esos que dan gusto leer por el mero hecho de como están escritos. Diane Setterfield, y una no menos loable traducción al español de Matuca Fernández de Villavicencio, hacen que la lectura de esta novela resulte muy agradable.


Por lo que respecta a la historia, El cuento número trece nos sumerge de lleno en una de esas tramas familiares a la antigua, un relato con marcada introducción, nudo y desenlace, que no dejará un cabo por atar tras haberlo leído.



<<Cuénteme la verdad>>, pide Margaret, pero la verdad duele, y solo el día en que Vida Winter muera sabremos qué secretos encerraba El cuento número trece, una historia que nadie se había atrevido a escribir.

Se nos pone en la piel de Margaret Lea, quien recibe una carta de la famosa escritora Vida Winter, pidiéndole que se reúna con ella para redactar su biografía. La narrativa se va alternando entre la primera persona de la señora Winter y de la propia Margaret, que desde un principio se nos muestra como una joven retraída en si misma, encerrada en sus lecturas. Poco a poco, los sucesos de los que da fe la escritora van superando a la propia historia de Margaret -que casi queda en un plano anecdótico-, y a mitad del libro veremos claramente que el peso de la historia recae sobre la casa de Angelfield, y la infancia de la señora Winter.


Da la sensación de que Setterfield ha dejado mucho de sí en las páginas de la novela, sobretodo cuando reitera la pasión de Margaret por la lectura, y por las novelas clásicas del tipo Jane Eyre -cuyo título se repite hasta la saciedad-, o Cumbres Borrascosas. Esta, por su parte, diría que es la parte más cargante del conjunto, sobretodo por su excesiva repetición.


Una intriga con ritmo pausado, que no obstante logra atrapar desde la primera página. Un final digno, y más de una sorpresa que no tiene nada que ver con giros rebuscados ni el ansia de aplausos efímeros. El cuento número trece es un buen libro, una clásica tragedia de las de toda la vida, que sin embargo nos deja un agradable sabor a novedad en los labios. Una lectura recomendada para los que busquen un relato con principio y final señalados, sin medias tintas ni retales inconclusos. El típico relato en el que al final se sabe hasta lo que pasa con el gato.

jueves, 21 de enero de 2010

Drácula, el no muerto

Dacre Stoker e Ian Holt, decía la portada, llamándome desde una estantería del Eroski. El biznieto de Bram Stoker había escrito la secuela oficial de Drácula, basándose en las notas dejadas por el artista, y no solo eso, sino que se había ayudado de un historiador para dotar a la novela de consistencia. La primera impresión, quizás muy influenciada por una primera lectura del clásico a los dieciseis años, me empujó irremediablemente a gastar los veinte euros aproximados que valía el libro; desde luego en aquel momento no tenía ni idea de lo que iba a encontrarme.


No se si es un problema de traducción, que quizás sea lo más probable, pero Drácula, el no muerto es para mi gusto uno de esos libros en los que el estilo brilla por su ausencia. Desde el principio nos damos cuenta de que la novela presenta una escritura más bien pobre, en la que es muy habitual ver la misma palabra seis veces en una sola página, por ejemplo. El hecho de que la historia continue donde acabó la novela de Bram, por otra parte, nos empuja a darle una oportunidad al libro.


Spoilers a continuación. No continuar si se va a leer el libro.


La locura se desata cuando, no sabes muy bien en que momento, empiezas a darte cuenta del tremendo batiburrillo de hechos reales y ficticios que se narran, y es que aunque parezca inverosímil, en un mismo libro aparecen personajes tan dispares como el Drácula histórico, la condesa Erzebet Bathory o Jack el destripador. Si a esto sumamos dragones que escupen fuego, el cameo del propio Bram Stoker, y la aparición de numerosos personajes históricos de la época, la sensación de caos se hace insoportable. La guinda final, la pone un gran transatlántico que más tarde descubrimos que es el Titanic.


Fin de los spoilers.


En definitiva, la novela hace tal mezcla de sucesos totalmente inconexos, que uno no sabe a que atenerse, y anda algo desorientado preguntándose qué será lo próximo. Esto, unido a lo antes mencionado, hace que el libro cojee bastante, y es solo después de terminarlo, cuando nuestro cerebro genera un recuerdo algo anecdótico,e incluso gracioso, debido al sinsentido. Es una novela que no recomiendo, a menos que queráis tomároslo con humor y reíros un rato. Por otra parte, no se os presentará otra oportunidad de ver inmersos en la misma trama a Drácula y el destripador. Vosotros mismos.

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