Es curioso pararse de pronto a ver lo que guardamos en la pared, esa clase de objetos que a pesar de estar desfasados, ser infantiles o permanecer llenos de polvo nos negamos a tirar a la basura o relegar a una caja en el trastero.
Desde el insomnio lúcido puedo hablaros de aquello que veo en mis estanterías, de aquello que hace mucho tiempo que está y eso otro que quizá no debiera. Hay objetos y cachivaches de toda índole, pero lo primero que me llama la atención son los libros, ganando cada vez más peso en mi vida y llenando no solo una, ni dos, ni tres, sino hasta cuatro estanterías de mi habitación (y eso que no están todos los que son pero sí son todos los que están). Los hay de cuando era muy niño, a pesar de que retiré la colección de pesadillas; los hay de esos que fueron simple pasatiempo y de esos otros que te marcan para el resto de tu existencia; regalados y comprados; recomendados y menos populares... pero lo importante es que todos ellos forman una gran parte de lo que soy a día de hoy.
Si nos fijamos un poco más, se puede ver otra estantería llena de películas, clásicos y bodrios por igual comprados a 2 x 1 en Eroski. De esas cada vez tengo menos, porque hace tiempo que dejé de comprar y las que presto difícilmente regresan. Un poco más abajo luce la trilogía original de StarWars en vhs, a pesar de que no tengo vídeo, y a su lado algunos cd's de música entre los que se repiten dos nombres: David Bowie y Muse (prefiero no mencionar a Cthulhu Songs).
Hay un corcho con anotaciones sobre mis trabajos literarios, fotos y carteles de algún que otro evento al que he asistido. En grande podemos ver a mi difunto gato Lucas y una radiografía de mi clavícula rota. Cerca, también en la pared, un cuadro inspiracional del señor de R'lyeh para admirarlo con el cd anteriormente mencionado de fondo, en todo un momento de enriquecimiento espiritual.
Y llegamos a la estantería de arriba, ese pequeño espacio dominado por un gorila de peluche llamado Scorwind, a su vez coronado por una boina parisina, a su vez ultrajada por una gorra del Hard Rock Nottingham. Hay también dos peluches más pequeños cuyo nombre prefiero no recordar, unas velas rojas del pub Indiana, un warhammer bien pintado, una Guinnes vacía de UK y unas Bud con historia, pero aquí las apariencias engañan y las botellas más importantes no guardan bebida... sino mensajes. Aunque lo que dicen, por una vez, me lo guardo para mí.
Casi podría decirse que esas baldas de la fotografía me representan, que son pedazos que más que definirme me han ido construyendo con el paso del tiempo. Y vosotros, ¿sois lo que guardais?
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